
La eliminatoria se decidirá en el Emirates Stadium. Tuvo sus opciones el Villarreal, que salió peleón y acabó con el arma entre los dientes, avisando a todo un Arsenal que pudo acabar mellado en la primera parte. El muro levantado por el submarino amarillo, unido a la velocidad y a la conexión de Marcos Senna con el balón no fue un espejismo, sino solo un ejemplo de lo que este equipo es. El gol, impecable, fue su bandera.
Pero se atascó el Villarreal y se reordenó el Arsenal, que no esperaba encontrarse con un campo de trigo tan espigado. Porque le faltó la decisión con la que arrancaba desde atrás en los metros finales, pero demostró coraje, corazón y garra. No se acongojó por el escudo del rival, ni por los nombres de sus titulares, ni siquiera dio la sensación de que El Madrigal se acordara de aquella semifinal de 2006, de no ser por la pancarta que clamaba Vendetta en aquel fatídico fondo.
Fue una lección que tuvo un borrón entre sus líneas, el gol de Adebayor con asistencia de Cesc Fàbregas. Menuda sociedad, y menuda definición. Una obra de arte que complica un sueño, aunque ni uno ni otro tienen todavía resolución. El sueño para el Villarreal todavía es posible, y la obra de arte todavía estará más cotizada si vale una semifinal. Le faltó movilidad arriba al cuadro castellonense, sobre todo porque en la segunda parte los de Arsène Wenger salieron mejor colocados, con mayor contudencia.
Echamos de menos a Cazorla. Lo vio desde la grada sin perder la sonrisa, pero no tenía la misma mirada. Su atrevimiento en el campo es envidiable, su chispa con gracia la imitan pocos. Pudo ser una buena baza, pero tampoco decepcionó Cani, que estuvo a la altura de las circunstancias. Posiblemente el Villarreal haya dejado más que una eliminatoria abierta para la vuelta. Señaló al Arsenal con una amenaza, con un aviso contundente que anuncia que este equipo no se va a arrugar en el Emirates. Porque este Villarreal cuando la toca, la toca de verdad.
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