

Acaba de estrenar su última película ‘Brüno’, con un notable tirón y cuyas cifras de recaudación a buen seguro lo colocarán en el número uno. ¿Que tiene Sacha Baron Cohen para conquistar al público? Pues una gran capacidad para llevar sus personajes a la máxima capacidad de provocación, con grandes dosis de humor gamberro, paródico y con abundantes dosis de grosería.
Alcanzó enorme trascendencia con ‘Borat’, donde daba rienda suelta a su peculiar estilo, llevando a uno de sus personajes a liderar taquillas internacionales. Pero tras el personaje, con el que se fusiona hasta el extremo, está un cómico británico de exitosa trayectoria televisiva y, ahora cinematográfica, al que le queda, a partir de ahora, un intrigante futuro. ¿Será capaz de continuar logrando éxitos con nuevos personajes?
Y es que su galería parece ya agotarse. Tras saltar a la fama con Ali G, expandir su notoriedad con Borat y, ahora, continuar con Brüno, mucho tendrá que trabajar si quiere continuar el camino de la provocación, de la parodia y del falso documental con clara finalidad crítica (aunque bastante más políticamente correcta de lo que pretende y aparenta).
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A pesar de que es todo un experto en promocionarse. Basta ver cómo ha llevado su personaje de Bruno a muchos escenarios para darse a conocer, para explotar su actitud provocadora y para reirse hasta de su sombra, aunque eso le lleve a casi perder su verdadera identidad.
Sacha Baron Cohen, de formación universitaria, siempre se veía como un cómico capaz de atraer la atención. Así, la televisión fue el medio donde se dio a conocer y que le sirvió para dar rienda suelta a su creatividad. Por ello, a finales de los noventa contaba con fama suficiente con sus personajes más aclamados (Ali G, Borat y el propio Bruno) como para tener su propio show ‘Da Ali G Show’, que bien supo aprovechar y convertir en todo un bombazo. Acumuló premios, carcajadas, aplausos y un puñado notable de fans, entre los que se contaban desde celebrities de todo pelaje hasta la propia reina de Inglaterra.
En territorio británico ya lo tenía conquistado y por ello, gracias al cine, desembarcó en Estados Unidos. En 2002 estrenó ‘Ali G anda suelto’ (Ali G Indahouse’), una película sin demasiada relevancia, pero que suponía su debut con su personaje por excelencia y la expansión de su fama.
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Un personaje que resume las principales cualidades que Baron Cohen impregna en sus creaciones: provocar hasta la molestia, ser un idiota integral e intentar, a través de la comedia hacer crítica social y política. Particularmente Ali G, un pasota rapero convertido en héroe ocasional, no logró convencerme en el film dirigido por Mark Mylod, es más, me resulta bastante mediocre (aunque el doblaje español realizado por Gomaespuma la convirtió en una película casi diferente, mejorando mucho los diálogos absurdos, pero desvirtuando al personaje casi por completo).
Se nota, quizás, que era su primera incursión con el mero objetivo de explotar al personaje con el que emergió en el Reino Unido (por cierto, territorio donde únicamente la película obtuvo buenos resultados). Baron Cohen en su esencia, haciendo sus habituales estupideces, su lenguaje soez y su habitual homofobia, machismo y chistes escatológicos.
Con ‘Borat’, estrenada en 2006, afinó más a la hora de plasmar su personaje y con el hábil Larry Charles en la dirección plasmaron un guión más elaborado, que intentaba sacar todo el partido vistiéndolo de falso documental. El reportero kazajo que aterrizaba en Estados Unidos para burlarse de todo lo yanki lograba convencer. A pesar de incluir todo lo ya comentado acerca de la idiosincrasia del personaje, el resultado lograba ser bastante más inteligente, reflexiva y mordaz de lo que se esperaba. Rompía la barrera de comedia paródica, para contener momentos hilarantes, no exentos de polémica no apta para todos los públicos, con una finalidad clara: un incisivo análisis social con fuerte crítica paralela.
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Baron Cohen había logrado acertar a la hora de llevar al cine uno de sus principales personajes, había encandilado a más público y había logrado reirse de la sociedad estadounidense, como pocas veces se recuerda, siendo aceptado y hasta aplaudido por grandes mayorías.
Tras intervenir en ‘Sweeney Todd’ haciendo en un personaje creado a su entera medida (y poner voz a ‘Madagascar 2’), Sacha Baron Cohen se ha vuelto a poner la máscara, esa en la que se ampara para hacer el gamberro, transformándose en Bruno, un reportero de moda austríaco y homosexual que intenta lograr la fama a toda costa. Las primeras críticas parecen indicar que no ha llegado artísticamente a las cotas de ‘Borat’, pero sí que ha parece haber conquistado a cada vez más público y ya se ha erigido en un cómico venerado en todo el mundo. A pesar de que su humor no es precisamente apto para todos.
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A todos nos gusta Ed Harris. Es una especie de pandemia, mucho más extendida que otras, y cien mil veces más placentera. Consiste en tragarnos absolutamente todo lo que haga este hombre, oriundo de Nueva Jersey y nacido hace casi cincuenta y nueve años, aunque en verdad ha hecho casi cualquier cosa. Ahora bien, tiene la manía de mejorar muchos productos que, sin él, serían carne de videoclub, y no precisamente de la salvable.
Sin duda, es en la actualidad uno de los actores más prestigiosos de su país, y aunque ha participado en pocas películas realmente redondas (como la mayoría de los actores realmente buenos de su país), sus buenos trabajos son numerosos, y ahora vamos a hablar de la mayoría de ellos. Hombre de profundas ideas de izquierdas, sus ojos azul claro sirven tanto para mostrar compasión como crueldad. Pero sobre todo es la elegancia personificada.
Una cabeza despejada de pelo (casi desde que le conocemos, si exceptuamos alguna escasa película en la que le pusieron un peluquín) anuncia un rostro que se ha ido volviendo cada vez más pétreo. Dos ojillos pequeños, inteligentes y penetrantes, cejas pobladas, una nariz que a pesar de su anchura guarda una armonía sorprendente con el rostro, y una boca que siempre parece apretada. Ese es el rostro de nuestro actor, a lo que hay que sumar una voz bellamente atenorada, suave y viril. Sí, Harris tiene estilo.
Debutó en el cine de la mano de Michael Crichton, en una película hoy olvidada, ‘Coma’, que sin embargo estaba bastante interesante. Y después de aquella, siguió participando en innumerables (y poco reseñables) productos televisivos y en varias películas carentes del más mínimo interés, excepto dos títulos: ‘Bajo el fuego’ y ‘Elegidos para la gloria’, que sin ser grandes películas, sí eran serias e interesantes, que demostraban que era un todoterreno capaz de hacer bien cualquier encargo que le propusieran.
Empezaron a llamarle directores de la solidez de Robert Benton, Jonathan Demme, e incluso Louis Malle. Pero definitivamente su vida cambió cuando le llamó James Cameron en 1988, mal que le pese a él mismo.

No me puedo imaginar la dureza del rodaje de ‘The Abyss’, pero tuvo que ser algo serio cuando Ed Harris, a día de hoy, aún no se habla con James Cameron. No es que este genial director vaya haciendo amigos por sus rodajes (nadie le lleva la contraria). Aquel era un proyecto verdaderamente único. Nunca se había filmado tanto material bajo el agua en una película de ficción, y menos con esas ambiciones visuales. Con su presupuesto y sus innovadoras técnicas digitales de efectos digitales, se esperaba un grandioso éxito de taquilla que no se produjo.
Y Ed Harris se enfrentó a su primer papel estelar con muchísima entereza, sacando de dentro esa humanidad y el naturalismo que le caracterizan, ofreciendo un Virgil Brigman honesto, terco y valiente, alejado quizá de los tópicos del héroe de aventuras, y por ello más interesante que muchos. Puede que ‘The Abyss’ no sea la grandísima película que tendría que haber sido, pero al menos sirvió para que el rostro de este actor se hiciera más internacional.
También participó en ‘Conspiración para matar a un cura’, la primera de las tres películas (dos de ellas con curas, además) que protagonizaría para Agnieszka Holland, directora que ha ido de más a menos y con la que la une una gran complicidad. De hecho, sus trabajos para ella se cuentan entre lo mejor (aunque quizá no necesariamente lo más popular) que ha hecho este actor, al que después de aquello pudimos ver en la floja ‘El clan de los irlandeses’ y en la razonablemente interesante ‘Glengarry Glenn Ross’, una película cuyo mayor aliciente era el reparto y el guión de David Mamet.
Pero parecía condenado a papeles pequeños, a los que ofrecía lo que podía, pero que no eran gran cosa, como el que tuvo en la también muy floja ‘The Firm’ (una de las peores de Pollack), o la ultra-conservadora ‘Apollo 13’, en la que tenía algo más de presencia. Él aportaba esa gran presencia humana, esa inteligencia en su mirada y ese saber estar, hasta el punto de ser lo mejor de productos como ese, y con lo que más se quedaba el personal. Pero no tuvo mucha suerte en la primera mitad de los noventa, y la segunda tampoco fue mucho mejor, aceptando papeles como el de la palomitera ‘La roca’ o la lacrimógena ‘Quédate a m ilado’. Lo curioso es que Harris siempre estaba bien, sobrio, convincente.
Las cosas empezaron a cambiar cuando Eastwood (¿cuántas carreras habrá ayudado a mejorar’) le llamó para ‘Poder absoluto’, una irregular aunque a ratos apasionante película de política-ficción. Y al año siguiente pudo demostrar que es un actor de raza en la fallida ‘The Truman Show’. Su papel de Christof era sutil y fascinante, con mucho lo mejor de una película que hacía aguas por su indefinición y su conservadurismo.

La presente década ha sido, con mucho, la mejor para él. En ella ha dado su mejor papel, en ‘Las horas’, y algunos realmente impresionantes, en los que apenas tenía que hacer nada, simplemente estar, demostrando lo mucho que ha crecido como actor. Me refiero a sus personajes en ‘Enemigo a las puertas’ (una más que digna película de aventuras) y ‘Una historia de violencia’ (ni por asomo el film genial que muchos proclaman, pero sí una película muy interesante). Además, en el año 2000 debutó en la dirección con la estupenda ‘Pollock’ y ha cumplido uno de los sueños de su vida interpretando a Beethoven.
Ed Harris ya es una leyenda, y poco importa que vuelva a intervenir en películas mediocres. A fin de cuentas, estará él. Nominado cuatro veces para el Oscar, el premio se le resiste, para desesperación de sus seguidores. Pero a mí me es igual, no lo necesita. Además, no es un premio distinguido ni elegante. Sólo lo será el día que Ed Harris se alce con él.



Hoy las celebraciones de la Semana del Orgullo Gay llegan a su final. Las carrozas y demás fiestas se recogen hasta el año que viene, sin embargo aquí en Poprosa no podemos perder la oportunidad de dedicar un especial a uno de los personajes que ha sido protagonista estos días.
Yo no sé vosotros, pero a mi si me preguntan sobre una Drag Queen española, el primer nombre que me viene a la mente es el de ella: Deborah Ombres. Irónica, ácida, provocativa, histriónica y muy mordaz, así es ella y así la conocemos.
Además estos días no sólo es noticia por las celebraciones del Orgullo Gay, sino porque un pajarito nos ha dicho que la volveremos a ver en televisión. Telecinco vuelve a contar con ella a partir del martes que viene después de Operación Triunfo. Deborah vuelve a meter la patita en nuestras pantallas, ¡que tiemble Vasile que llegó el terremoto!

Se dio a conocer sobre todo a partir de del programa MTV Hot, donde además de presentar vídeos de música, daba rienda suelta a su lengua más viperina opininando de famosos, haciéndose eco de rumores y demás, todo con su particular estilo… Oye, pues bien prodría fichar por Poprosa…
Además de todos los comentarios que hacía, creo que no puedo dejar pasar los vídeos musicales protagonizados por ella misma en plan parodias, usando canciones como de Christina Aguilera, Las Tatu o La Oreja de Van Gogh, son absolutamente geniales y tronchantes. Eso sí, cari, tu lo que es la técnica vocal como que no, te pareces a mi cuando me levanto por las mañanas después de una dura noche de juerga… No os los perdáis, sobre todo el primero porque os morís de la risa, se llama “Beautiful” de la canción de la C. Aguilera.
Esta se llama “Rollo Bollo” de las Tatu.

Después llegó en el mismo canal Deborah y el Sexo, pero sin embargo uno de los momentos cumbre de la Drag fue cuando fichó por ‘Caiga Quien Caiga’. Como curiosidad os diré que cuando le dijeron que se tenía que poner traje casi le da un soponcio. Claro, después de ver lo descocada que va, con sus escotes prominentes provocando hasta a las farolas, la corbata, como que era impensable, eso sí, supo darle su toque con esa minifalda y esos taconazos. Sin duda, le dio un toque totalmente distinto al programa y absolutamente genial.
Luego vino un proyecto fallido de Cuatro que Deborah presentó allá por 2005. Así que visto lo visto se dedicó a otra de sus grandes especialidades, los monólogos. Yo no he tenido la oportunidad de asistir a ninguno, pero sí que conozco gente que los ha visto y dicen que son de morirte de la risa.
Decir que si todas estas facetas os parecen pocas, también ha escrito un libro. Nena, ahora sólo te falta plantar un árbol y tendrás una vida completa. Sí, la Debo se puso trascendental y se cuestionó a “¿Cuántos sapos hay que besar para encontrar un Príncipe?”. Ay cari, esa es una de las grandes preguntas y misterios de la humanidad, vamos que no creo ni que Iker Jiménez te responda después de dedicarle un especial.

Por cierto, momento parecidos razonables. Y es que la ex Miss España Verónica Hidalgo desde luego se da un aire pero huracanado, son muy muy parecidas, no me digáis que no.
Y hasta aquí nuestro pequeño homenaje a un personaje que siempre da mucho de qué hablar y veremos a ver qué nos depara en esta nueva etapa televisiva, pero si algo tengo claro es que desapercibida no va a pasar.

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‘¿Hacemos un porno?’ (¿por qué no la han titulado ‘Zack y Miri hacen una porno’?, ¿tan difícil era?) de Kevin Smith parece haber puesto de acuerdo a prácticamente todo el mundo. El director de la desternillante ‘Mallrats’ (para el que esto suscribe su mejor película) se ha ablandado, sus diálogos han perdido la chispa que tenían y su humor no parece tan corrosivo como antes. Es evidente que no estamos hablando de ninguna genialidad dentro del séptimo arte, pero sí de un director que conseguía llegar al público general con facilidad, quizá por su sentido del humor desvergonzado y atrevido.
Empezando de forma muy discreta con ‘Clerks’, empezó a perder el norte cuando quiso aprovechar el tirón de dos de sus personajes más famosos: Jay y Bob el silencioso, en una deplorable película llena de chistes absurdos y sin gracia que no era más que un ejercicio onanista del propio Smith. La verdadera sorpresa llegó cuando apareció con ‘Jersey Girl’, film romántico que no entraba ni con calzador en el habitual estilo de Smith. Luego nos recordó que no se había olvidado de sus inicios con la secuela de su ópera prima, en la que recuperaba algo de su mala leche. Con ‘¿Hacemos una porno?’ mezcla elementos del lado que todos conocemos de él y del ñoño que rechazamos en el film con Ben Affleck.
El argumento de ‘¿Hacemos una porno?’ nos habla de Zack y Miri, dos amigos íntimos de toda la vida, viven juntos, y pasan por una época económica más bien mala. El corte de agua y luz es la gota que colma el vaso, por lo que a Zack se le ocurre la brillante idea de que pueden hacer una película pornográfica casera, algo que deja mucho dinero y que puede sacarles de la situación en la que están. Decididos a ello, se asocian para reunir a un pequeño grupo de actores y técnicos para rodar la película, pero cuando da inicio el rodaje salen a relucir sentimientos que antes no se habían planteado.

Llama la atención que se la haya achacado a ‘¿Hacemos una porno?’ el tener una historia mínima, casi esquemática, cuando todas las películas de Smith adolecen precisamente de eso. Otra cosa son los diálogos de los personajes, y las situaciones que los mismos provocan. Y en eso sí es cierto que Smith ha perdido fuelle, parece que ha escrito mecánicamente cada una de las frases de este film, pues así suenan, como productos prefabricados y ahora realizados en serie, convertidos en plantilla. Una vez más tira de referencias a Star Wars (tocando aquí techo sugiriendo la versión porno de la mítica saga galáctica), algún detalle escatológico dentro del contexto de realizar una película pornográfica (lo que era lógico tratándose o no de Smith), y cómo no, debates sobre las relaciones.
Todo ello disfraza de forma más o menos amena una historia romántica con el más que conocido esquema del género. La historia de los dos amigos que se dan cuenta de que están enamorados sigue los caminos más previsibles, pero es por ese camino donde se nos presentan algunos de los apuntes más interesantes de un relato que siempre se mueve por lo convencional. Sí, lejos de lo que Smith es capaz de hacer, pero nunca cayendo en lo vulgar o demasiado gratuito. Baste citar dos escenas que personalmente me han parecido las mejores de la película. Aquella en la que Brandon Routh y Justin Long, riéndose prácticamente de ellos mismos, interpretan a una pareja gay; o el acercamiento sexual entre la pareja protagonista, enfocado desde el visor de una cámara, que es una traducción de todo primer acercamiento amoroso en una pareja, con torpezas incluidas.

También me ha sorprendido muy gratamente una Elizabeth Banks absolutamente arrebatadora, comiéndose a su compañero de reparto, Seth Rogen. La actriz comprende del todo la evolución de su personaje, transmitiendo muy bien los sentimientos del mismo, y desprendiendo una simpatía de la que no gozan el resto de los actores. Rogen se queda pequeño al lado de Banks, ya sea por su sosa interpretación, la misma de siempre dando vida al personaje de siempre, como por lo mal que está dibujado aquél. En un plano secundario, Traci Lords está totalmente desaprovechada, puesta únicamente para que los expertos del porno la reconozcan. Incluso Jason Mewes, cuyo momento más divertido cuando le habla al protagonista de la masturbación, en un intento de cambio de imagen, está por debajo de lo que se esperaba de él (tal vez sólo tiene talento para dar vida a Jay).
‘¿Hacemos una porno?’ nos presenta a un Kevin Smith más tradicional y conservador de lo todos pensamos alguna vez. Tal vez sea ése su verdadero yo. De lo que no hay duda es de que cinematográficamente tal vez se ha traicionado un poco a sí mismo, cayendo en la redes de lo puramente común, pero creo que ha tenido la suficiente inteligencia de no faltar al respeto a un espectador al que continuamente se lo están faltando con productos de idéntica clase. No, no estamos ante una de las mejores películas de Kevin Smith, pero cumple unos mínimos, no aburre, a ratos divierte, y sobre todo podemos disfrutar de Elizabeth Banks en estado de gracia, levantando ella sola la película. Mientras la recuerdo embobado (a Banks, no a la película), me retiro a mis aposentos a escribir sobre el intento de fuga carcelario más realista que se ha filmado.
Otras críticas en Blogdecine:



Hay ocasiones en las que uno, sin comerlo ni beberlo (como le pasaba al Príncipe de Bel-Air), se topa con cosas que, sin haber sido concebidas con la intención de provocar risa, resultan extremadamente cómicas. El vídeo de ‘Stick Stickly’ de Attack Attack!, que es de lo peor que he visto y escuchado en mucho tiempo, es un claro ejemplo de ello.
No he podido evitar traerme el videoclip aquí y hablar sobre el crabcore. Sí, un género musical del que yo no había oído hablar hasta hoy (así soy yo) cuyo secreto no es precisamente la música, sino una pose. En concreto una estilo cangrejo, de ahí el nombre (crab, que significa cangrejo, + hardcore = crabcore).
Al parecer los chicos de Attack Attack! tienen el honor de haber sido los inventores del crabcore, algo que no sé si es bueno, malo o, sencillamente, un hecho. Un aplauso. El crabcore, según este instructivo vídeo, consiste en flexionar ligeramente las rodillas y dar pequeños saltos de un lado a otro. Como un cangrejo. Fijaos bien en el tándem formado por el guitarrista y el bajista para verlo en acción. De regalo tendréis la ocasión de comprobar la gran influencia que Cher, la de toda la vida, ha ejercido en el cantante, sobre todo. Qué cosa más horrible.
Vía | En Estéreo
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Julio 1, 2009 | Noticia en
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Quiero suponer que este será uno de esos bikinis más esperados de la temporada dentro de nuestro panorama nacional de famosetes de buen ver. Y es que no es para menos, porque si bien era ya algo que intuíamos más que de sobra y en su día pudimos comprobar en FHM, Berta Collado tiene un cuerpo de escándalo.
La reportera se ha pasado unos días por tierras gaditanas donde la hemos visto disfrutar del sol y del calor de las playas. Ataviada con un mini-bikini rosa que deja muy poco a la imaginación, Berta pasa unas jornadas vacacionales.
Eso sí la chica no estuvo sola. No, no, nada de eso. Al igual que el resto de compañeros de programa, ésta es de las que su vida personal está muy alejada de su vida profesional y poco sabemos de sus amoríos, aunque quizá estemos más cerca de saber algo…

Pues sí, Berta Collado compartió los bañitos y chapoteos en el agua junto a ese morenazo al estilo Michael Scofield por esa cantidad de tatuajes que tiene el cuerpo. Quizá tenga el plan maestro para conquistar a la rubia escrito en la piel… Eso sí, él muy caballeroso prestó su mano a la dama para evitar que se hiciese pupita en los pies. Qué tierno.
Sea como fuere, ahí estuvieron. Les seguiremos muy de cerca a ver si hay algo más que amistad entre estos dos, pero si hay algo que tengo muy claro y de lo que no me cabe duda es que a las chicas de ‘Sé lo que hicisteis’ les van los chicos con pinta de malotes o sino a las pruebas me remito.
Fotos | Qué me Dices



Eso es lo malo de América. Las luces. No hay intimidad. Todo resplandece hasta cegarte. Y nada es real.
-Hank
Es curioso que el protagonista masculino de esta película, interpretado con convicción y soltura por Frederic Forrest (un actor desconocido para el gran público), suelte estas palabras, pues podrían servir bastante bien para definir la película que le costó a Coppola la libertad creativa durante toda una década, y que finiquitó de manera estrepitosa su sueño de mantener un estudio propio en el seno de Hollywood. Sin duda hubiera sido mejor para él, ya que tarde o temprano, por su personalidad desbordante, acabaría estrellándose, que lo hubiera hecho con una grandiosa película, y no con ‘Corazonada’.
Viéndola ahora, veintisiete años después de su nacimiento, la perplejidad pervive, pues se trata de una película extraña y desconcertante, sin duda fallida e imaginativa. La respuesta anímica a la enormidad de espacio y de tragedia de ‘Apocalypse’ y la certeza de que a este genial cineasta, cuando pierde la cabeza, la pierde de verdad. El resultado fue un delirio musico-teatral que ha caído prácticamente en el olvido y que muy pocos, a día de hoy, se atreven a calificar de filme importante (estéticamente hablando) en la carrera de Coppola. Yo no soy uno de ellos.
¿En qué se parece esta película, este musical extravagante, a las anteriores películas de Coppola? Absolutamente en nada. Una vez más, el realizador ejerce de director de orquesta, intentando probarse a sí mismo que es capaz de cambiar su estilo conforme a las historias y géneros que va tocando. Y sin embargo sí que se parece a películas posteriores. Yo la considero parte de una trilogía conformada, además de por ella, por ‘Tucker, un hombre y su sueño’ y ‘La vida sin Zoe’. Una trilogía a la que yo llamo: la trilogía colorista y vacía.
Eso sí, las dos primeras por lo menos poseen un innegable encanto que, aunque no las redime de su excesiva y recalcitrante ingenuidad, al menos sí que las convierte en artefactos audiovisuales rebosantes de ingenio y de amor por la belleza. Porque amor por la belleza y por el cine es lo que se desprende de ‘Corazonada’ desde sus mismos títulos de crédito, y un indescriptible júbilo por el mero hecho de encadenar una serie de imágenes y sonidos, como si Coppola fuera un Dios satisfecho que, ya un poco hastiado de tanto drama, quisiera narrar también con alegría.

Pero no basta con alegría y con imaginería colorista y con ingenuidad para que un espectáculo electrónico traspase la pantalla y adquiera entidad. Y es que resulta chocante: el director que a pesar de los grandes éxitos nunca se había olvidado de los personajes, de su realidad, que había permanecido siempre respetuoso a sus sentimientos a pesar del, a menudo, colosal aparato escenográfico que les rodeara, aquí pierde el rumbo porque está más preocupado por armar un espectáculo teatral en vivo que por el corazón de su película, esa pareja a la deriva que rompe su relación y conoce a un pianista y a una bailarina.
Que el director se esforzase tanto por unir en un solo plano (cerca del minuto 15 al 25) a varios personajes y decorados, que estuviese tan atento a de qué modo una imagen se superpone a otra hasta el infinito, que permitiese que Vittorio Storaro elaborase una fotografía tan obvia (Hank es verde, Frannie es roja) aunque tan hábil… Por supuesto que no me engaño, Coppola pretendía darnos un cuento de hadas musical, pero para esto hacían falta un ritmo y una atmósfera precisos que en ningún momento resultan creíbles. De hecho, parece que ni el mismo Coppola se cree lo que está filmando.
Todo lo que funciona en ‘Bram Stoker’s Dracula’ aquí parece frío, impostado y mecánico. En su homenaje a su otro amor, el teatro, FFC no agarra una historia desde la que volar, sino que se conforma con un esquema anecdócito absolutamente anémico, y que si a ratos funciona, lo hace por gente maravillosa como Teri Garr, una bella y excelente actriz tristemente olvidada hoy día, pero no por ejemplo a causa de un guión muy pobre. Para entendernos, no tengo nada en contra de que Coppola decidiese intentar un ejercicio de nostalgia, un híbrido naif y preciosista. El problema lo tengo con el modo en que lo ha filmado.
Las canciones de Tom Waits, los decorados suntuosos de Tavoularis, la colorimetría de Storaro, todo ello junto asemeja más un experimento que un resultado rotundo. Un director puede experimentar todo lo que quiera, pero en la intimidad de su casa. Creo que un cineasta no tiene ningún derecho a experimentar en una película terminada. Y menos aún uno consumado como Coppola. Esto es un juguete inmenso y al que no puedo calificar con otra cosa que con esa palabra odiosa: “bonita”. Para creernos esta historia no hacía falta que los decorados fuesen creíbles. Pero los personajes han de serlo. Es imposible conectar con ellos, vivir y reír con ellos. Estamos a miles de kilómetros de su aventura.

Se filmó con un aspecto de 1:1:33 (como se puede apreciar en las tres capturas que incluimos en este artículo), muy alejado de los anteriores épicos filmes de Coppola, e íntegramente en el interior de los flamantes nuevos estudios Zoetrope. La decisión de rodar con ese aspecto de imagen, tan vertical, responde a la necesidad de encuadrar debidamente el cuerpo entero de los bailarines, con lo que Storaro tuvo que recrear de manera artificial toda la luz. Coppola soñó con filmar así una película al mes en el interior de cada uno de sus nueve platós. Todo se truncó muy pronto.
El mayor mérito de esta película reside, con toda probabilidad, en el enorme esfuerzo que Coppola dedicó a la hercúlea tarea de cambiar las normas de cómo hacer películas. Cayó desde lo más alto (también es verdad que situado como estaba en la cúspide de su profesión, todos tiraban a matar) y aún no se ha levantado del todo. Pero quizá, a pesar de todo, mereció la pena. A pesar de la increíble suma de dinero invertida (el precio de la independencia), de los ataques furibundos de la prensa, de su desaparición súbita de los cines, de que fue el primer acto del declive de un gran artista.
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